La Reunión Cumbre de Copenhague sobre Cambio Climático (7-18 diciembre 2009)

cimeraLos gobernantes son reflejo de los pueblos y se dejan influir por los poderosos o Analizando y respondiendo argumentos de dos particulares referentes sociales o La crisis financiera internacional desborda y provoca desconcierto y pánico

Ideas preliminares

La Reunión Cumbre de Copenhague sobre Cambio Climático (7-18 diciembre 2009), obviamente dejó asombrados e insatisfechos a muchos analistas políticos y a muchos referentes sociales, despertando airadas protestas así como también muy elaborados análisis y muy complejas argumentaciones sobre lo que debería establecerse en el mundo, tanto en lo que directamente concierne a la protección del medio ambiente (que cada vez resulta más obvia y necesaria) como en lo relativo a las regulaciones financieras y bancarias que inteligentemente muchos marcan con énfasis como muy convenientes y recomendadas (pues probablemente un inadecuado manejo del crédito y de las tasas de interés, y una desordenada creación de dinero, están en la base de las principales y medulares problemáticas que agobian este inicio del siglo XXI).

Obviamente aquí y allá se esbozan soluciones técnicas para tal o cual cosa, o se invocan argumentaciones morales para ir en apoyo de los más necesitados, pero el quid de la cuestión, el meollo del asunto, probablemente está en quien o quienes financiarán los planes para salvar el planeta, de qué forma y en qué medida se apoyará a las poblaciones costeras que se verán afectadas por el cambio global del clima, cómo se estructurarán y quienes costearán los proyectos sociales que intentarán disminuir o erradicar la marginación social y la pobreza crítica.

Frente al peligro de cambios climáticos irreversibles y de posibles consecuencias catastróficas, frente a penosas realidades de pobreza y de desnutrición, claro, son muchas las voces que se alarman, afirmando que responsablemente y por encima de todo, todos nosotros debemos ponernos estas problemáticas sobre los hombros, dejando de lado egoístas y circunstanciales conveniencias personales o sectoriales.

Y frente a la reciente crisis bancaria que obtuvo de la mayoría de los gobiernos solidarios y generosos apoyos, la opinión ciudadana se levanta y se indigna, afirmando que se privatizan las ganancias mientras que se sociabilizan las pérdidas.

Obviamente el mundo actual es demasiado complejo, y los enfoques y encares no deben ser ni sencillos ni esquemáticos. Las alternativas no deben reducirse a «blanco o negro», a «bueno o malo», a «nosotros o ellos». Con frecuencia las soluciones muy simples de una u otra forma se revelan como inadecuadas o incompletas.

En mi modesta opinión, las graves problemáticas a las que nos enfrentamos no podrán ser resueltas sólo con voluntarismo, con buenas intensiones, con invocaciones morales, con fervientes alegatos a la solidaridad y al altruismo y a la racionalidad.

Si entra suficiente agua a un bote como para eventualmente hundirlo, no debemos organizar su salvamento solamente con voluntarismo y con garra pues corremos el riesgo de fracasar, debemos aplicar inteligencia y método.

Frente a problemáticas complejas y multipolares, no es posible únicamente aplicar una batería de medidas positivas, pues corremos el riesgo de que ciertas acciones paralelas generen consecuencias negativas que en buena medida neutralicen muchos de nuestros mejores esfuerzos.

La clave para salvar al planeta, la clave para construir una mejor estructura social, la clave para poder tener una sociedad más solidaria y racional, está en lograr controlar los sacrificios y los recursos de cada quién de una manera socialmente justa y equitativa y detallada. Con certeza no es posible crear buenas soluciones en un mundo caótico y con injusticias e irregularidades varias a ojos vista, y por tanto y antes que nada, debemos sentar sólidas bases operativas para lograr una sociedad más ordenada, y mucho más sencilla de regular y supervisar y evaluar.

La clave para salvar al planeta, la clave para construir una mejor estructura social, la clave para poder tener una sociedad mucho más fraterna y sensata, no está en hacer rimbombantes y fervientes llamados a la solidaridad y a la racionalidad, sino más bien en crear un fuerte tejido administrativo-institucional con el cual los desvíos considerados inconvenientes se minimicen o se eliminen. Lo que por encima de todo se necesita no es tanto contribuyentes honestos que no defrauden al fisco, sino una estructura de recaudación automatizada a través de la cual la elusión impositiva y la morosidad fiscal sean prácticamente imposibles. Lo que por encima de todo se necesita no es tanto un combate bien organizado al narcotráfico y una buena educación en valores de rechazo a las adicciones, sino un esquema comercial y monetario donde los manejos de los traficantes y donde las compras de dosis sean muy sencillas de descubrir y de rastrear. Lo que por encima de todo se necesita no es tanto una regulación muy estricta de las actividades bancarias y financieras a través de la que los comportamientos de riesgo y los manejos turbios sean más sencillos de detectar en forma temprana, sino una reforma profunda del sistema económico de modo que la creación de dinero bancario y las operaciones cambiaras entre divisas prácticamente sean monopolio y responsabilidad de los Estados.

Logrado estos avances y en mi modesta opinión, entonces sí podrán atacarse los principales problemas socio-productivos del siglo XXI, pues entre otras cosas así podremos repartir racional y adecuadamente las cargas implicadas en las soluciones en el seno de la población mundial.

A efectos de ahondar luego en estas reflexiones, se insertan a continuación dos recientes artículos de dos referentes sociales, los que comentaremos, y de los que tomaremos algunas ideas.

El primero de estos artículos fue escrito por Paul Robin Krugman, quien es estadounidense, economista, divulgador, y periodista, próximo en cuanto a su línea de pensamiento a los planteamientos neokeynesianos. Es profesor de economía y asuntos internacionales en la Universidad de Princeton (EEUU), y regularmente publica artículos de opinión en «The New York Times». En el año 2008 fue galardonado con el Premio Nobel de Economía. Es fuerte crítico de las políticas económicas y generales de las administraciones republicanas. Ha escrito más de 200 artículos y 21 libros, algunos de ellos con orientación claramente académica y otros más vinculados a la divulgación científico-social y al periodismo. En el año 1991 la «American Economic Association» le concedió la prestigiosa medalla «John Bates Clark». Y además en el año 2004 ganó el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales.

El otro articulista es Jorge Aniceto Molinari, de nacionalidad uruguaya, quien fue militante sindical y político desde sus tempranas épocas estudiantiles (en Paysandú), y también dirigente y militante gremial en AEBU y en la CNT. En lo político participó en la fundación del Frente Amplio y es adherente a esta fuerza partidaria uruguaya. Actualmente es miembro titular en el Consejo Honorario de la Caja Bancaria (por el sector Jubilados y Pensionistas) así como activo militante de ATTAC-Uruguay. En lo personal él mismo se define como consecuente estudioso del camino que marcara Carlos Marx, como empecinado en creer que un mundo mejor es posible, y como partidario de la aplicación de la moneda única universal así como del impuesto a las transacciones financieras (Tasa Tobin).

Como podrá observarse, los dos articulistas tienen perfiles bien diferentes, lo que indubitablemente es una ventaja, pues sus opiniones y sus enfoques enriquecerán sin duda nuestros propios comentarios y nuestras propias recomendaciones.

Artículo de Paul Krugman publicado el domingo 20 diciembre 2009 en «El País» de Madrid bajo el título «Desastre y negación».

Cuando empecé a escribir para «The Times», era ingenuo respecto a muchas cosas. Pero mi mayor error era éste: «Creía realmente que la gente influyente podía reaccionar ante las pruebas, que cambiarían de opinión si los acontecimientos refutaban por completo sus creencias».

En el año 2003 los reguladores posaron con tijeras de podar junto a pilas de papel que aludían a las regulaciones.

Y, a decir verdad, sucede alguna que otra vez. He sido enormemente crítico con Alan Greenspan a lo largo de los años (desde mucho antes de que se pusiese de moda serlo), pero hay que reconocer el mérito del ex Presidente de la Reserva Federal (FED): «Ha admitido que estaba equivocado en cuanto a la capacidad de los mercados financieros de vigilarse a sí mismos».

Pero el señalado es un caso raro. Hasta qué punto es raro queda demostrado por lo que sucedió el viernes pasado en la Cámara de Representantes de EEUU, cuando, con la catástrofe desatada por un sistema financiero desbocado aún fresca en nuestras mentes, y el paro masivo provocado por esa catástrofe todavía claramente perceptible, todos y cada uno de los republicanos y veintisiete demócratas votaron en contra de un intento bastante tímido de refrenar los excesos de Wall Street.

Paul Robin Krugman.

Recordemos cómo nos metimos en el lío en que estamos. Estados Unidos de América salió de la Gran Depresión con un sistema bancario muy estrictamente regulado. La regulación funcionó, y el país se libró de importantes crisis financieras durante las casi cuatro décadas siguientes a la Segunda Guerra Mundial.

Pero, a medida que fue desapareciendo el recuerdo de la Gran Depresión de los años treinta, los banqueros empezaron a impacientarse por las restricciones a que se los enfrentaba. Y los políticos, cada vez más influidos por la ideología del libre mercado, se mostraron cada vez más dispuestos a darles a los banqueros lo que querían.

La primera gran oleada de liberalización se produjo durante la presidencia de Ronald Reagan y rápidamente desembocó en desastre, en la forma de la crisis de las cajas de ahorro de los años ochenta.

Y en esa oportunidad los contribuyentes terminaron pagando más del 2% del PIB, el equivalente a unos 300.000 millones de dólares actuales, para arreglar el desastre.

Pero los defensores de la liberalización no se inmutaron, y en la década que precedió a la crisis actual, los políticos de ambos partidos se tragaron la idea de que las restricciones de la era del New Deal que afectaban a los banqueros, no eran más que burocracia sin sentido. Y en un memorable incidente en el año 2003, los principales reguladores bancarios posaron para la prensa utilizando tijeras de podar y una motosierra, en actitud de cortar pilas de papel que representaban las regulaciones.

Y los banqueros, -liberados tanto por la legislación que eliminaba las antiguas restricciones como por la actitud no intervencionista de los reguladores que ya no creían en la regulación- respondieron flexibilizando enormemente las normas de otorgamiento de préstamos.

Y las consecuencias no se hicieron esperar: Un estallido del crédito y una burbuja inmobiliaria monstruosa, seguidos por la peor recesión económica desde la Gran Depresión. Lo irónico es que las iniciativas para frenar la crisis requirieron la intervención gubernamental a una escala mucho mayor de la que habría sido necesaria para evitarla desde el principio: (a) rescates gubernamentales de instituciones con problemas, (b) préstamos a gran escala de la Reserva Federal para el sector privado, y así sucesivamente.

Teniendo en cuenta esta historia, podría esperarse que surgiese un consenso nacional a favor de restaurar una regulación financiera más efectiva, a fin de evitar una repetición de la jugada. Pero si hubieran apostado se habrían equivocado.

Háblenles a los conservadores de la crisis financiera, y ellos entrarán en un extraño universo alternativo en el que se señala a los burócratas del Gobierno, y no a los banqueros avariciosos, como los responsables últimos de provocar la catástrofe.

Parecería que son los organismos de préstamo respaldados por el Gobierno quienes desencadenaron la crisis, aún cuando las entidades crediticias privadas son las que realmente concedieron la inmensa mayoría de los préstamos subpreferenciales.

Parecería que son los reguladores quienes coaccionaron a los banqueros para conceder préstamos a prestatarios insolventes, aunque solamente una de las veinticinco entidades crediticias más importantes que concedieron préstamos subpreferenciales, estaba sujeta a las regulaciones en cuestión.

Ah, y los conservadores omiten sin más la catástrofe del sector inmobiliario comercial. En su universo, los únicos préstamos malos fueron aquellos concedidos a la gente pobre y a los miembros de los grupos minoritarios, porque los malos préstamos para promotores de centros comerciales y torres de oficinas no encajan en la historia.

En cierto sentido, el predominio de este relato es un reflejo del principio enunciado por Upton Sinclair: «Es difícil conseguir que un hombre comprenda algo cuando su salario depende de que no lo comprenda».

Como han señalado los demócratas, tres días antes de que la Cámara votase sobre la reforma bancaria, los dirigentes republicanos se reunieron en esos días con más de cien cabilderos del sector financiero para coordinar estrategias. Pero ello también es reflejo de hasta qué punto el Partido Republicano moderno está comprometido con una ideología insolvente, una que no le permite afrontar la realidad de lo que le ha sucedido a la economía estadounidense.

Así que todo este asunto está en manos de los demócratas y, más concretamente, puesto que la Cámara de Representantes ya ha aprobado el proyecto de ley, en manos de los demócratas «centristas» del Senado.

¿Estarán ellos dispuestos a aprender algo del desastre que se ha adueñado de la economía estadounidense, y a respaldar la reforma financiera?

Esperemos que sí. Porque una cosa está clara: Si los políticos se niegan a aprender de la historia de la reciente crisis financiera, nos condenarán a todos a repetirla.

Artículo de opinión escrito por Jorge Aniceto Molinari el propio día domingo 20 diciembre 2009 bajo el título «Hay que regular el sistema financiero: ¿Quién le pone el cascabel al gato?» ( publicado en http://cajaencrisis.blogspot.com/)

«Los que están dentro, fundamentalmente, reafirman el sistema actual de producción y de consumo, incluso sabiendo que implica sacrificio de la naturaleza y creación de desigualdades sociales. Creen que, con algunas regulaciones y controles, la máquina puede seguir produciendo crecimiento material y ganancias, como ocurría antes de la crisis».

Genésio Darci Boff, más conocido por Leonardo Boff.

Este pensamiento de Leonardo Boff, entre muchos otros, así como el artículo de Paul Krugman en «El País» de Madrid de hoy domingo 20 diciembre 2009, marcan en qué está hoy día la principal preocupación de importantes analistas sociales que sienten la necesidad de influir para un cambio positivo en la situación.

Paul Krugman ratifica su posición de que hay que regular el sistema financiero. Pero en la actual situación… ¿quién le pone el cascabel al gato?

Algunos simplifican aún más: «El culpable es el sistema, cambiemos el sistema»… pero… ¿y cómo? Y nos responderán: «Con las revoluciones nacionales».

Ahora bien, ¿cómo organizarán sus economías esas revoluciones nacionales? Nadie puede desconocer en el mundo los enormes esfuerzos, de ciertos gobiernos progresistas, por atender la salud, la enseñanza, la vivienda, el salario de su gente, pero… ¿Pueden esas economías desengancharse de la economía mundial?

Para nosotros con la humildad de nuestros conocimientos, el quid de la cuestión, está en la respuesta que se dé a la siguiente pregunta: ¿Para qué la regulación?

Paul Krugman parece contestarnos: «Para que no se comentan los excesos que han llevado a la actual crisis, y que prometen hacerla cada vez más reiterada y grave».

Paul Krugman parece ignorar que la esencia del capitalismo es convertir la plusvalía en plusvalor, y que esto tiene límites.

Esos límites cada vez se estrechan más en la medida en que se ahonda la fractura social, y que el régimen impositivo que rige por obra y gracia del neoliberalismo, está dirigido sustancialmente al consumo y al trabajo, más allá de las evasiones, las elusiones, y los paraísos fiscales.

La regulación del sistema financiero no puede ser escenario de una batalla de los sectores que dominan la economía. La regulación debe ser un instrumento impositivo para el control democrático de la economía.

Y la batalla entre sectores de la economía que hoy se extiende y está a la vista de todos, se centra en el manejo de los mercados monetarios.

La regulación no es un arma para que el sector que se encuentre en el Gobierno controle lo que hace el sector económico. La regulación es principalmente para atender la necesidad impositiva de la sociedad, más allá de lo que cada burgués y el sistema empresarial al que pertenece, quieran hacer con su dinero.

Ahí están los recursos para atender las necesidades de todo el planeta, y defender lo que en materia productiva y social la humanidad ha conquistado hasta hoy día.

En ese camino la moneda única universal es una necesidad imperiosa, como también lo es la coordinación y unificación de los movimientos democráticos en el mundo; ese es el camino para reconstruir la Internacional de Marx y Engels, tal vez la 5ta. Internacional que propone el Presidente Hugo Rafael Chávez Frías, cuyo lema propuesto es: «¡¡¡ Ciudadanos del mundo, uníos!!! Socialismo o barbarie».

Comentarios y conclusiones.

En los dos artículos de opinión que vienen de presentarse, tanto Paul Krugman como Jorge Aniceto Molinari afirman cosas relativamente compartibles, aunque sus enfoques generales por cierto no son muy compatibles entre sí, y ellos tampoco concuerdan exactamente con mis propias opiniones.

Y del segundo de los artículos mencionados rescato la siguiente interesante y emblemática idea: «La regulación debe ser un instrumento impositivo para el control democrático de la economía».

Todo parece indicar que las turbulencias y los descontroles del sector financiero son los que están creando problemas al actual sistema capitalista, y por lo tanto una reforma profunda de este sector se revela como sumamente necesaria, en parte para imponer mucho mejores controles que eviten los desvíos hasta ahora observados, y en buena medida también para generar abundantes y genuinos recursos a los diferentes Estados y a la propia estructura internacional de intercambios. Se puede regular creando normas rígidas y estables, pero también se puede regular penalizando e incentivando, y esta segunda estrategia tiene la ventaja de dar cierta libertad de acción a los agentes económicos, a la vez que permite generar importantes recursos impositivos a los Estados. La política impositiva debe ser recaudatoria y finalista, fiscalista y finalista.

Avancemos con cuidado en nuestros razonamientos.

Comencemos por analizar algunos supuestos corrientes que son la base de muchos análisis periodísticos y técnicos.

En primer lugar, en lo personal no creo que el capitalismo se encuentre actualmente en crisis, aunque da la apariencia de estarlo debido a que el paro y las quiebras empresariales y las deudas públicas, han aumentado considerablemente en las economías más desarrolladas y pujantes del planeta. Y esta afirmación a mí me parece evidente, porque la actual cúpula de poder a nivel mundial sigue acumulando recursos con gran eficiencia, actuando en el tiempo presente principalmente a través de una inteligente y discreta ingeniería financiera. Tal vez hoy día se recurre en menor medida a la guerra y a los saqueos. Tal vez hoy día se han abandonado el sistema esclavista y el sistema colonial, los que con certeza han quedado bien atrás. La explotación y el abuso actualmente son más sutiles, de guante blanco y bastón: «Se concretan a través de oscuros manejos financieros que poco se entienden, a través de los servicios de deuda y de la variación de las tasas de interés, a través de la creación artificial de dinero, a través de las variaciones en los tipos de cambio, a través del uso de monedas nacionales (dólar, euro, yen, etcétera) para la regulación de los intercambios internacionales».

Tomemos conciencia de una buena vez de la realidad: «Si se deja intocado el sistema financiero, y si se sigue permitiendo la creación de dinero bancario tal cual se hace hoy día, y si además se sigue con el esquema de las actuales monedas de reserva (dólar, euro, etcétera) retrasando la introducción y el uso en el comercio mundial de una verdadera moneda internacional, las cosas no van a tener solución definitiva pues los desvíos terminarán anulando nuestros mejores esfuerzos».

Avancemos con cuidado en nuestros razonamientos, y seamos realistas, seamos sumamente realistas y sensatos.

Hay que pensar que a nivel internacional siempre habrá países grandes y que tienen incidencia (tal vez EEUU, tal vez Japón, tal vez China), que no adherirán a una estrategia global, y por tanto habrá que pensar que el cambio inicialmente vendrá de un pequeño número de países, tal vez con un líder emergente como podría ser Brasil por ejemplo, como podría ser algún otro.

Sin perjuicio en ese marco de mejorar la producción, la educación, la logística, la investigación, la cultura, etcétera, habrá que contemplar para ese grupo de Estados una fuerte obtención de recursos, que en mi opinión podría obtenerse con el establecimiento de una moneda regional para comerciar entre ellos y con puertas de salida al resto del mundo (una puerta dólar, otra puerta yen, otra puerta euro). Este esquema, y un avance de las distintas monedas nacionales involucradas hacia una creciente digitalización y personalización, permitirán reformas muy interesantes, de forma por ejemplo de monopolizar en manos de esos Estados las operaciones de cambio entre divisas, y de forma por ejemplo de permitir una reforma bancaria para así dejar en manos de los Estados la creación del dinero bancario y la mayor parte de los beneficios así generados.

Con los enfoques anteriores en marcha, y con los beneficios que obtengan privados y Estados con el avance del gobierno digital y de la administración digital, y con la recaudación fiscal y de la seguridad social totalmente automatizadas y con recaudación contemporánea con los hechos gravados, se irían acumulando recursos financieros muy voluminosos, que poco a poco llevarían a ese grupito inicial de países, junto a eventuales ampliaciones, a una situación de franco privilegio y de liderazgo a nivel mundial.

Solamente así se podrán conjurar los efectos negativos del actual esquema capitalista, con recursos genuinos obtenidos en forma muy automatizada y sin una pesada burocracia atrás, con desvíos minimizados en base a la propia operativa y no en base a supervisiones y controles, con competitividad adquirida e inducida en base a la gran eficiencia de la base administrativa-regulatoria, y con una gran personalización de los beneficios sociales otorgados.

Cierto, si el cambio es progresivo y comienza por un pequeño grupito de países, lo propuesto no cambiará la presente situación de la noche a la mañana, pues será sin duda un proceso lento con resultados que se harán esperar, pero en mi opinión así y únicamente así, podrán darse soluciones definitivas y seguras a las problemáticas de este siglo XXI.

Y ya para concluir esta nota, recordemos una de las afirmaciones de Luiz Inácio Lula da Silva, Presidente de Brasil, expresada el 18 diciembre 2009 durante la clausura de la Reunión Cumbre COP-15 de Copenhague: «Nos ha faltado la inteligencia, porque los poderosos prefirieron negociar ventajas, a salvar la vida del planeta y de los propios seres humanos».

Enfatizo y reitero. En lo personal, pienso que el gran villano es el actual sistema económico-productivo con su cultura consumista, y mientras este sistema se mantenga articulado y vigente, probablemente será imposible todo consenso internacional que ponga centro en las preocupaciones sociales y en la propia salud del planeta.

Por encima de la racionalidad, de la solidaridad fraternal, y del espíritu de cooperación, se sitúa una competición feroz entre agentes económicos con miras a sacar el mayor lucro personal posible a toda costa.

Por lo tanto, opino que una solución factible y conveniente podría encontrarse en introducir el dinero digital y nominativo en forma generalizada, en mejorar enormemente los sistemas administrativos y las estrategias logísticas, y en meticulosamente introducir, en el coste de los diferentes productos y servicios, una adecuada compensación por los daños que se provocan al planeta y a la estructura social.

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